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Aventuras inéditas del Caballero Artagnan

Cero

176 pages
Taurus Ediciones - 1955 - Espagne
Humour - Roman

Intérêt: 0

 

 

Publiées dans la collection El club de la sonrisa (Le club du sourire), ces « aventures inédites » de d’Artagnan se placent résolument dans le registre comique.

L’intrigue est plutôt squelettique. Anne d’Autriche charge une nouvelle fois d’Artagnan et ses amis d’une mission cruciale et ultrasecrète, comme dans l’affaire des ferrets. Cette fois, il s’agit de porter une lettre en Italie.

Evidemment, divers ennemis s’emploient à les en empêcher pour le compte du cardinal Richelieu. Et en premier lieu Milady, « ressuscitée » après son exécution à la fin des Trois mousquetaires pour la plus grande stupéfaction de d’Artagnan et ses amis. Le mousquetaire mène à bien sa mission et donne la lettre à sa destinataire, une princesse italienne. On apprend finalement que dans cette missive Anne d’Autriche demandait à son amie une recette de cuisine pour tenter de rentrer dans les bonnes grâces de Louis XIII.

Cette chute donne une idée du niveau de l’humour du livre. Décousu, le récit est simplement prétexte à enchaîner des épisodes absurdes (l’intrigue est tellement mince que, en dépit de la brièveté de l’ouvrage, elle est interrompue à de multiples reprises par des anecdotes sans aucun rapport racontées par les protagonistes sous forme de petits contes). La plupart sont consternants. La scène qui montre le futur Louis XIV enfant, en classe, assis dans la position du maître d’école avec en face de lui ses différents professeurs qu’il interroge l’un après l’autre et félicite ou réprimande en fonction de la qualité de leur enseignement peut sembler une des meilleures du roman…

Relevons malgré tout un gag récurrent : Milady étant exécutée à plusieurs reprises et revenant malgré tout inexorablement, les trois autres mousquetaires et leurs valets renouvellent à chaque fois leur rituel de condoléances à Athos pour le décès de son épouse (voir extrait ci-desous).

 

Extrait des chapitres XIII Frente a frente et XIV Artagnan, hacia su destino

El severo personaje metió la mano debajo del jubón y sacó un papel.

—¿0s basta esto?

Milady lo examinó y se mostró conforme.

—Está bien. ¿Sabéis la contraseña?

—Trisona y Calaís — respondió el emisario de Richelieu — Su Eminencia desea que este mensaje sea obedecido sin tardar. He galopado durante muchas horas para esto.

Entregó un sobre a Milady.

Athos, que al entrar los nuevos personajes no había podido reprimir un gesto de asombro, permanecía tranquilo, aunque le brillaban los ojos con un destello de alegría.

¿Por qué? Más adelante lo veremos.

El monstruo del vestido verde leyó ávidamente el mensaje y su hermoso rostro se contrajo en un gesto de ira.

—¡No! ¡No obedeceré semejantes órdenes! ¡No los pondré en libertad! Decid a Su Eminencia que odio demasiado al conde de La Fère, a M. de Artagnan y a sus dos amigos, el gordo y el rubio, para dejarlos escapar así como así. ¡Los cuatro morirán aunque el cardenal se disguste!

Al decir esto hizo una seña a1 patizambo, que rápidamente, espada en mano, se lanzo sobre Athos, que estaba de espaldas. No obstante, el fino instinto del mosquetero le hizo apartarse y el miserable acero del esbirro se clavó en el pecho de Milady.

El bizco, azotado, dejó caer la espada al suelo y balbució:

—Perdonad, señora… Ha sido sin querer.

Milady aún pudo exclamar:

—Ya podías fijarte mejor…

No pudo continuar: un chorro de sangre le salió del pecho y cayó al suelo, donde quedó con los ojos abiertos y fijos en su matador con una mirada que quería decir muchas cosas.

El patizambo, aprovechando la confusión, desapareció.

—¡Está muerta, y esta vez no creo que resucite! — exclamó Athos tan contento.

—¿Dónde están los señores Artagnan, Porhos y Aramis? — preguntó el emisario del traje negro.

—Aquí al lado. Corramos a unirnos a ellos. ¡Estoy ansioso de hacerles saber el excelente trabajo que habéis hecho!

Como habrá supuesto el lector, el emisario del cardenal no era otro que Bazin, el astuto criado de Aramis, y el del sable, Planchet, el servidor de Artagnan.

Pero al entrar en la habitación vió lo que no había visto nunca.

Sus tres amigos, silenciosos, estaban sentados en el suelo, mirando tristemente una docena de botellas llenas de vino, sin atreverse a tocarlas.

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Una vez fuera de su lóbrega prisión, que ahora servía de panteón a la infame dama de los ojos verdes, Artagnan exclamó:

—Sois viudo por segunda vez, Athos. Os doy mi más sentido pésame.

Al oír esto, se pusieron en fila Aramis, Porthos, Bazin y Planchet y fueron, uno a uno, estrechando la mano del conde de La Fère, murmurando con acento condolido y gesto de tristeza:

—Lo mismo digo.

Cumplido este deber tradicional, el duelo se despidió y se pusieron a hablar de otra cosa.

 


 

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